Hospitales

Panamá, 20 de diciembre de 1989
Liberación... o Crimen de guerra?
 Roberto Méndez

Capítulo 12

La Guerra en los Hospitales...
y Otros Crímenes de Guerra

La invasión norteamericana a Panamá causó, en una sola noche, más muertes que las que produjeron Noriega y sus antecesores juntos, durante los 20 años que gobernaron el país. La mayor cantidad de muertes parece haber ocurrido en el barrio del Chorrillo, adyacente al cuartel Central de las Fuerzas e Defensa.

Una gran parte de los heridos y muertos en dicha área fueron trasladados al hospital Santo Tomás y los hospitales de la Caja de Seguro Social de Panamá. A otros los trasladaron al hospital Gorgas (un hospital militar del ejército de los E.E.U.U, y ubicado en el área de "coordinación militar", a unos dos kilómetros del Cuartel Central de las (FDP), y, en el menor de los casos, a hospitales privados. "Pero eso solo ocurrió después de varias horas de iniciada la invasión", revela el Doctor Edmundo López, neumólogo del hospital Santo Tomás.

Enterado de los acontecimientos por las transmisiones de la Radio Nacional y por vía telefónica, López se dirigió al hospital a eso de las 2 de la mañana del miércoles 20 de diciembre a asistir a los heridos. Su testimonio: "A esa hora no habían sino unos cuantos médicos de servicio, y pasaban las horas sin que llegaran heridos. Las ambulancias no podían acercarse al área de los combates en el Chorrillo. Yo personalmente traté de ir hasta allá a recoger heridos, pero no pude llegar. Miles de personas corrían por las calles, se veían llamaradas y estruendos a medida que se acercaba uno al cuartel, y los vehículos en llamas o militares impedían el paso. Tuve que regresar al hospital donde, al poco tiempo empezaron a llegar los heridos. Me llamó grandemente la atención la cantidad de personas muertas que llegaban, en proporción a los que llegaban heridos. El primer día llegaron aproximadamente 50 muertos y muy pocos heridos".

Los días siguientes empezaron a llegar personas heridas por balas de distintos calibres y junto a ellas una gran cantidad de heridos por otras razones: cortados, golpeados, quemados, y otros. Pero llamaba la atención la gran desproporción entre los muertos y heridos de guerra propiamente dichas: fue insignificante la cantidad de estos últimos. Ello aparentemente respondía al tipo de combates que se estaban librando, en el que participaban helicópteros utilizando una gran cantidad de explosivos y al hecho de que las ambulancias de la Cruz Roja no pudieron llegar al sitio del desastre sino hasta dos o tres días más tarde.

"Toda la morgue del hospital Santo Tomás se atascó el día 23, el pasillo que lleva a la misma y que sólo cuenta con aire acondicionado estaba también lleno. El hedor era tan grande que los pacientes de neumología empezaron a sentir crisis asmática. Era insoportable.

La situación del hospital era difícil también por la falta de medicinas e implementos diversos, la cual había sido provocada meses atrás por la crisis económica que atravesaba el país. En las palabras del Dr. López: "Producto de todo lo que estaba pasando, nosotros no teníamos la cantidad de suero fisiológico, de soluciones medicinales para afrontar casos de urgencia. Afortunadamente el hospital del Niño contaba con más recursos y nos apoyó".l

El Santo Tomás y los batallones

El hospital Santo Tomás al parecer funcionó durante los primeros días de la invasión como un centro de coordinación de las Fuerzas de Defensa y los Batallones de la Dignidad. En el "Pabellón Militar" del hospital se reunieron altos jefes de las Fuerzas de Defensa, aparentemente para coordinar acciones, y algunos miembros de los batallones.

En el hospital se distribuyeron armamentos, alimentos, dinero, y ropa, parte de lo cual fue donado por algunos médicos del plantel, aunque otros médicos se rehusaron a cooperar e incluso se negaron a atender heridos.

Benjamín Colamarco, coordinador civil e ideólogo de los Batallones de la Dignidad, nos dice al respecto: "Como a las tres de la mañana Cortizo y yo decidimos ir al hospital Santo Tomás a ver cuál era la situación de los heridos, porque ya habíamos empezado a ver que la cosa se estaba poniendo un poco más dura. Llegué al hospital como a las 3:10 de la madrugada, con Cortizo y el mismo grupo de cinco personas con las que escapé de Fuerte Amador. Cuando llegué al hospital había personal de las Fuerzas de Defensa que estaba llegando con heridos. De hecho, había una tanqueta de las Fuerzas de Defensa que estaba parada al lado del Pabellón Militar. Dejamos las armas en el carro y bajamos al hospital a ver cuál era la situación. Había una confusión terrible, y quiero decir que no hubo médicos que se prestaron para no atender a los heridos, para hacer informes en contra de los heridos tanto de las Fuerzas de Defensa como de los Batallones de la dignidad y de quienes por A ó B razón —que fundamentalmente eran razones humanitarias— nos habíamos dirigido al hospital Santo Tomás. A nosotros, a Cortizo y a mí, nos acusó el exministro José T. Castillero de que nosotros "militarizamos" el hospital después de las tres de la mañana, cosa que es totalmente falsa. Hubo también muchos médicos con disposición de atender a los heridos que tuvieron dificultad en llegar al hospital, muy buenos médicos que verdaderamente hicieron honor al juramento hipocrático y que atendieron a los heridos de una forma verdaderamente desprendida y organizada, entre estos el Dr. López, la Dra. Dóens, la Dra. Viejo, el propio Dr. Díaz (el Director del hospital), el Dr. Zambrano y otros. Recuerdo que a la hora que llegué había en la morgue entre 40 y 50 cadáveres. Era indescriptible la forma en que estaban. Uno de los cadáveres que mayor impresión me causó fue el de Gustavo Torreglosa, representante del Chorrillo, miembro del Poder Popular que, además, era miembro del Comando Torrijista 16 de diciembre. Estaba totalmente destruido. A esa hora había más de cien heridos por varias causas, esquirlas, metralla, quemaduras, mutilaciones. Estuvimos en el hospital hasta las 6:30 de la mañana".2

Los invasores impiden a ambulancias auxiliar heridos

Sigue Colamarco: "En el hospital estaban el mayor Chalo González, el mayor Pinzón, el mayor Rodríguez, y el mayor Cordero, todos de civil. No sé qué estaban haciendo los militares allí. Tan es así que cuando nosotros salimos ellos se quedaron, no sé por qué. Nosotros insistimos en que todo el que tuviera armas las sacara de ahí o las tuviera en áreas neutrales, disimuladas. El capitán Cortizo insistió en que no se hiciera ningún tipo de acción militar ni mucho menos. En horas de la madrugada alguien hizo fuego con RPG 18 hacia la embajada de los Estados Unidos (situada en la cuadra contigua); donde había como 14 tanques y tanquetas rodeando la embajada. Pero el fuego no vino del hospital, por lo menos durante el tiempo que nosotros estuvimos allí. Sin embargo, las tropas norteamericanas le disparaban a todas las ambulancias que salían del hospital Santo Tomás. Varias ambulancias que salieron del hospital, o que entraban al hospital, o que trataban de llegar hacia el área del Casco Viejo, o que venían de alrededor de las áreas revertidas donde también había habido fuego fueron atacadas por aire, por aparatos aéreos del ejército invasor norteamericano. (Hay pruebas que pueden pedirlas al Batallón de salud Militar de las Fuerzas de Defensa, que hicieron un informe al respecto.) Por ejemplo, si las ambulancias iban hacia un área de combate, cuando se iban acercando PA-PA-PA PAM les disparaban, así que no pudieron recoger a muchos heridos".3

También el Dr. Edmundo López confirma que muchos médicos se negaron a cumplir con su deber: "Los médicos que hicimos frente a la situación no estábamos de turno, sino que llegamos de forma voluntaria. La mayoría éramos médicos egresados de los países socialistas, de Cuba y la Unión Soviética principalmente, junto con otros asignados por las Fuerzas de Defensa. En total, los presentes éramos menos de una cuarta parte de los médicos regulares del hospital. Llamamos a varios colegas —internistas, infectólogos y otros que necesitábamos para evaluar loe pacientes que pasaban al estado post-operatorio y ellos se negaron a venir alegando que no existían condiciones de seguridad para movilizarse. Sin embargo, esos mismos médicos, al ser requeridos por la nueva dirección, se presentaron ese mismo día al hospital. Otros colegas decían que ellos no iban a atender a miembros de los Batallones de la Dignidad, y que no iban a estar en ese hospital porque la dirección respondía a las Fuerzas de Defensa: de forma que el hospital funcionó casi por una semana con menos de una cuarta parte de su planta médica. En contraste, las enfermeras y otro personal médico asistieron en mucha mayor proporción que los médicos, a pesar de carecer de automóviles y vivir en sitios más lejanos.

Como testimonia el Dr. López, los soldados norteamericanos no se contuvieron ante nada, llegando a disparar indiscriminadamente contra las personas que se movían por los predios del hospital: "Por ejemplo, el día 23 a eso de la 4:30 de la tarde pasé al depósito a buscar una bandera con la insignia del hospital y nos dispararon. En ese momento venía una señora con un niño a cuestas y dos jóvenes, resultando herido uno de ellos en el tórax". López añade que tres días después de iniciada la invasión los soldados irrumpieron en el hospital, encañonando a médicos y pacientes por igual. "Los soldados exigieron que nos tendiéramos en el suelo. Les expliqué que por su condición algunos pacientes no podían hacerlo, pero ellos insistieron, y tuve que ayudar a algunos enfermos a acomodarse en el suelo. Luego de revisar el hospital se fueron, aunque posteriormente los helicópteros rondaron constantemente el área."

El 25 de enero llegó un nuevo equipo a dirigir el hospital, acompañado por dos militares norteamericanos, el teniente coronel Terry y el coronel Powell. El grupo revisó nuevamente el hospital, inclusive el pabellón militar. No me consta que hubiesen encontrado armas, como se afirmó por los medios de comunicación.

A partir de ahí se convirtió en un cuartel norteamericano, y todo herido que llegaba era considerado prisionero de guerra una vez se curaba. Presenciamos el caso de varios heridos que tan pronto podían deambular eran colocados en camiones del ejército y enviados a campos de prisioneros."4

Otros dos médicos, quienes pidieron mantener sus nombres en el anónimo, también han atestiguado al respecto de la brutalidad de las tropas norteamericanas: "En la morgue había unos 60 cuerpos que fueron atravesados por las bayonetas de los soldados, para comprobar que estaban muertos".5

Otro médico, citando un testigo, menciona que los soldados norteamericanos "remataban" heridos: "Los heridos de balas presentaban desgarramiento de sus miembros, producidos por balas explosivas. Uno de ellos murió al llegar al hospital por desangramiento, recibió un tiro que le arrancó los testículos. Los muertos generalmente presentaban heridas de bala en la cabeza; algunos presentaban contusiones en la cabeza; las personas que se refugiaron en el hospital decían que cuando alguien era herido los soldados los remataban en el piso con un culatazo. Un caso que atendí personalmente fue el de Gustavo Torreglosa, que presentaba herida de bala en un pie y dos tiros en la frente.6

El horror continuó por muchas horas, relata el doctor López: "Empezaron a llegar en carros frigoríficos cadáveres semi descompuestos en bolsas negras, de basura. Estaban numerados. En algunos sacos había dos y hasta tres cabezas, aun cuando se indicaba en la parte de afuera que había sólo un cadáver. En otros había solamente cenizas. Me sorprendió que en unos sacos hubiese mucho menos cenizas que en otros. No se podía saber a ciencia cierta cuántos muertos había en cada saco.7

Asesinato en el camino de la amistad

El jueves 21 de diciembre los norteamericanos empezaron a entrar a la ciudad de Panamá desde distintos puntos. A cada paso del avance se suscitaban matanzas de inocentes, como la ocurrida en uno de los barrios de clase media colindantes con la zona canalera. Uno de los afectados describió lo ocurrido de la siguiente forma: A las 9:05 de la noche del jueves 21 de diciembre de 1989, cinco tanques norteamericanos bajaron por el Camino de la Amistad, frente a los almacenes Autocentro y Lurias, y se apostaron, uno de ellos al lado y otro al frente, del auto-baño Mi Coche, que hace esquina con la calle que pasa justo detrás del centro comercial El Dorado, mientras que los otros tres tanques se quedaron un poco más atrás.

De la parte trasera de estos dos tanques, comenzaron a salir soldados norteamericanos a quienes los hombres, mujeres y jóvenes que veíamos llegar mientras cuidábamos nuestro vecindario, "Altos del Chase", saludábamos inocentemente y recibíamos con aplausos y señales de bienvenida, ya que al igual que el resto de la ciudad, sabíamos que en esta tropa estaba nuestra seguridad de que ni los batallones de la dignidad ni los ladrones comunes se acercarían a nosotros o nuestras familias.

Cabe señalar que desde que divisamos los tanques aproximarse al área, todos pusimos las armas que teníamos en el suelo para evitar cualquier confusión; nuestras armas eran rifles, escopetas, pistolas y algunos bates de jugar béisbol. Pocos segundos después de que terminaron de acomodarse los tanques y el personal armado, sin disparo alguno de provocación ni a ellos ni al aire, estos abrieron fuego contra nosotros utilizando los ahora bien conocidos fusiles M-16 y ametralladoras calibre 50, las cuales se utilizan para disparar a helicópteros, aviones y tanques, y no para objetos tan suaves como lo éramos nosotros, ya que su impacto y daño físico son extremadamente grandes.

Nosotros estábamos dentro del patio de la segunda casa del vecindario y frente a nosotros había otro grupo de vecinos a los que, afortunadamente para ellos, no les hicieron ningún disparo. Este patio está protegido por un muro formado por tres pies de bloques y dos pies de barras y hierros que le siguen a los bloques, simulando un estilo colonial, y al comenzar los soldados a dispararnos, nos acostamos en la grama del patio detrás del muro, buscando en este protección de nuestras vidas.

Lamentablemente, los soldados dispararon apuntando abajo y con calibre que traspasaron el muro como si este fuera de cartón, por lo que salvajemente mataron a dos jóvenes a quienes no llegué a conocer, pero que estoy seguro que Dios tiene en su presencia, e hirieron a una señora y a su hijo de unos 17 años y a dos hombres, uno de los cuales el suscrito herido de consideración en la parte posterior del muslo derecho, del cual una bala calibre 50 arrancó gran cantidad de tejido y músculo, aparte de la piel. Fue casi milagrosamente que no muriéramos muchos más por el brutal ataque de que fuimos objeto los hombres, mujeres y niños que estábamos tanto dentro como fuera de la casa antes señalada.

En honor a la verdad y a la honra de todos los que sufrimos y seguimos sufriendo los resultados de los incidentes antes narrados, y en especial por los dos jóvenes que perdieron la vida esa noche, sentí la necesidad de protestar por la manera equivocada en que se señaló que ocurrieron". 8

Triple crimen en la transístmica

Entre los crímenes más horripilantes e injustificables cometidos por la soldadesca norteamericana durante la invasión a Panamá fue el asesinato de Ismael Perea Povedas y su esposa Otilia López, el 23 de diciembre en la madrugada. Otilia estaba embarazada y a punto de dar a luz, cuando los proyectiles explosivos segaron su vida y la de su hijo aún no nacido. La madre de Ismael, doña Berta Poveda y Carlos Barahona, el vecino que conducía el auto al ocurrir el crimen, dan su testimonio:

Sra. Berta Poveda: "el 22 cumplía uno de mis hijos años y todos estaban aquí en la casa. Ismael salió pa' fuera porque dice que tenía que estar resguardando las calles porque venían los invasores."

Carlos Barahona: "habían rumores en la radio de que los batalloneros de la dignidad andaban violando y metiéndose en las casas, violando mujeres y todo eso. Entonces, ¿qué hizo la comunidad? organizamos una especie de vigilancia, que todas las mujeres se quedaran en la casa y los varones saliéramos a la calle a proteger en caso de que vinieran. "ya se veía en Cerro Batea y en los Andes que habían habido casos de violaciones y saqueos en las casas y todo eso, porque como ellos eran los que tenían las armas y todo eso, estaban haciendo de la suyas, digámoslo así. Eran ciertos elementos, porque por aquí había muchos y ellos se unieron a nosotros a proteger la comunidad, muchos estaban pero no estaban."

Sra. Berta Poveda: "esa noche, después que estaban tomando aquí, Ismael salió pa' fuera con sus hermanos para cuidar, pues, allá fuera. Y le dio por entrar a buscar disque hielo. Y a lo que él entró encontró a la mujer que dice que tenía dolores. Y él me dice: "Mamá, mamá"; ya yo me había acostado, eran como las once y pico o doce de la noche. Le digo "¿Qué pasó?"; dice "No, que chola está con dolores". Digo yo "Ay Dios mío, ¿ahora que vamos hacer?"" Dice: "No, vamos a llevarla al hospital". Salimos a pie hasta allá afuera y no había, pues, carro. Y éste (barahona) se brindó a llevarnos. Así que salimos pues quitando barricadas, porque había barricadas por toda la calle. Él se bajaba quitando las barricadas y llegamos al Seguro aquí, de Paraíso. Pero la policlínica estaba cerrada. Eso siempre estaba abierto de noche, pero ese día estaba cerrada. "Al estar cerrada, bueno, él se preocupó y vino éste (Barahona) y le dijo: "Bueno, vamos, pues, que yo te llevo al Seguro".

Barahona: "Por todos lados había barricadas, todas las personas estaban así, escondidas detrás de los árboles viendo pues, todo. Cuando ellos vieron el carro que iba pasando solo en la noche la gente se asustaba, entonces yo iba tocando el pito y este muchacho iba gritando que nosotros íbamos con una emergencia, y ellos se unían a nosotros y empezaban a quitar los palos y las piedras que tenían en las calles; o sea la gente nos ayudó a apartar las barricadas, hasta que llegamos al Seguro. Pero allí nos encontramos con que el seguro estaba cerrado. No había nadie, todo estaba apagado, no se veían movimiento de nada. Llegué hasta la Lotería y me di la vuelta porque no pude cruzar. "Entonces tomé por la carretera hasta la Transístmica. No había un alma en la calle, solo personas en sus casas, estacionadas, haciendo como una especie de vigilancia para dar una alerta si hubiese algún tipo de problema. Pero automóviles, nada. Todo estaba desierto, hasta que llegamos a la intersección del Triángulo, donde queda el nuevo supermercado de la Kiener, más adelante de Canal 2. Yo iba con todas las luces encendidas, Ismael llevaba su bandera blanca si teníamos que salir. "Entonces, ahí tenían un retén los norteamericanos. Apenas usted pasaba el semáforo ellos tenían dos tanquetas. Nosotros no las vimos, como no había luz; todo estaba oscuro, nosotros solo sentimos la ráfaga de dos disparos al aire que hicieron los norteamericanos. Y nos gritaron en inglés que nos detuviéramos. Procedí a detener el automóvil, hicieron disparos al aire, nos rodearon, me parece que era un grupo de infantería. Nos mandaron a bajar del carro, que me tirara al piso, me tiré al piso, nos registraron todo, llamaron a un sargento latino, que sabía hablar español, y yo le expliqué el caso, el tipo nos revisó todo, abrió el carro, comprobó que no llevábamos ningún tipo de material bélico ni nada por el estilo. Ellos corroboraron que era una emergencia."

Sra. Berta Poveda: "Sí, vieron a la muchacha embarazada y nada más que decían "Bebí, bebí". Así que nos dijeron que siguiéramos. Pero mi hijo le dijo que por qué no nos llevaban como una escolta, pero ellos dijeron que no había necesidad, que nada más lleváramos la bandera blanca que ellos iban a llamar dizque por esos radios que ellos cargan. Así que nosotros seguimos."

Barahona: "Me devolvieron la llave del carro y dijeron "Sigue". Pero como dice la señora Berta, Ismael le dijo: "Pero dennos una escolta o venga uno de ustedes con nosotros porque si no nos paran aquí nos pueden parar allá alante". Entonces el tipo me dijo que no había necesidad porque ya ellos iban a dar instrucciones de que llamaran a todos los retenes antes de llegar al seguro Social para que nos dieran libre paso. "Entonces yo proseguí y, antes de llegar a la segunda intersección, cerca de donde estaba otro retén, antes de llegar al depósito Gago, ya nos estaban disparando. El otro retén no quedaba ni a cien metros, en línea recta. No habíamos andado ni doscientos metros. Nos dispararon de frente y de lado, por todos lados. Yo nada más veía las ráfagas de frente, una bala me rozó la cabeza y perdí el conocimiento por un instante. Cuando yo desperté no sé cómo detuve el carro, estaba yo con la mano totalmente desmembrada, Ismael muerto, la señora Berta atrás gritando, hasta que yo no supe de mí y me desmayé." Doña Berta Poveda: "Yo sólo sentía los disparos nada más hacían dizque SIN, SIN, y cayó el hijo mío primero porque como era más alto que éste (Barahona) también se puso a rezar. Y la yerna mía estaba gritando. Otilia se abrazó a mí gritando, ¿no?, porque ella recibió los disparos en ]a espalda, porque ella estaba sentada al lado mío y me agarró; a lo que ella me abrazó, recibió todo en la espalda."

Debido a la criminal irresponsabilidad de los invasores una inocente panameña, Otilia López, quedó así entre la vida y la muerte, y también su hijo no nacido, pero al bebé los norteamericanos no intentaron ni siguiera rescatarlo, como atestigua doña Berta:

"Ellos quedaron inconscientes y ahí fue cuando llegaron los gringos esos pué, llegaron ahí, yo rezando y rezando, después me hicieron señas que me bajara, yo me bajé. Después yo les dije que "la muchacha" y la bajaron a ella, ella todavía estaba viva, ¿no? Cuando bajaron a éste (Barahona) dice que "estaba vivo todavía", pero mi hijo no, mi hijo sí estaba muerto. Entonces comenzaron a examinar a éste (Barahona); uno lo examinaba a él y otros examinaban a la yerna mía. A mi yerna la estaban examinando y no le veían heridas así de frente, y la iban a abrir, porque el bebí todavía estaba, ¿no?. Pero a lo que la vieron, tras romperle el traje, vieron los impactos en la espalda. Dicen que estas balas cuando entran revientan, pues, así que comenzaron a tocar, y ya parece que ellos no sintieron, y ahí fue donde mi yerna murió. Al hijo mío el tiro le reventó la cabeza, no tenía nada acá atrás; para poderlo acomodar en el ataúd, el hermano tuvo que meterle cuestiones. E1 perfil le quedó bien, pero acá atrás no tenía nada."

Ahí no terminó la historia de desprecio a la vida de los panameños. No contentos con el infame doble asesinato, le dispararon sin previo aviso a otro automóvil civil que intentó a los pocos minutos pasar por el mismo sitio, y luego expusieron la vida de los heridos llevándolos en vehículos descubiertos a través de áreas de combate:

"De ahí nos bajaron; como yo estaba gritando, ahí vinieron y me dieron una agua, y me llevaron pa allá para que yo no los viera. Yo gritaba ¡MI HIJO, MI HIJA!, que qué pasaba. Y a éste (Barahona) le quitaron toda la ropa, comenzaron a examinarlo, y ahí le entablillaron y le amarraban cosas como para que no le diera hemorragia, cuestión así. Lo tenían apartado. De ahí vinieron pa' donde mí y comenzaron a examinarme a mí. A mí me rozó un dedo, no fue nada, pero ellos me pusieron medicina ahí, y me dieron una agua. Después que yo grité, yo quedé así como en el limbo, sin llorar ni nada. Así me llevaron y me treparon a una tanqueta, íbamos recibiendo balas por todos lados."

Continúa Barahona: "A mí me inyectaron morfina, me parece, yo estaba desnudo totalmente, estaba tendido en la carretera; entonces, de repente, llega una voz de alerta. Yo sólo vi que pasó un pickup blanco, venía como quien va para el hospital también, y le abrieron fuego igual que a nosotros, el carro se estrelló contra una parada. Ellos disparaban y después preguntaban. Había dos personas, una murió y la otra quedó mal herida. El norteamericano que me atendía hablaba español, me preguntó si estaba bien, yo le dije que sí, me dijo que estaban esperando un helicóptero para proceder a transportarme al Gorgas, o a otro hospital. Después, como a la hora y media el tipo me dijo que el helicóptero no podía bajar porque había mucha actividad de batallones de la dignidad ahí que era muy peligroso, y nos iban a llevar en tanqueta hasta (el aeropuerto) Paitilla, a nosotros dos y al señor que quedó herido del otro carro. Entonces nos montaron en unos de esos vehículos que tienen llantas adelante y como ruedas de tractor atrás, era como un anfibio porque incluso vi arena como si hubiese bajado de un barco y hubiese cogido por el mar. No tenía capota, era como un pick up. Fuimos a recoger al otro señor que estaba tirado allá, en el carro blanco. Lo montaron al lado mío, el tipo venía gritando; pero aparentemente a él le encontraron un revólver en el carro, y el tipo estaba consciente todavía y le estaba diciendo que él era agente, guardia de seguridad, que iba a ver si el almacén donde él trabajaba estaba bien. De los muertos no supimos más. Ellos quedaron en la calle, tapados con una lona verde. Había unos paramédicos allí, y agarramos por la calle que dobla para Vía España. Pero entonces a la altura del barrio "De Obarrio" yo sólo oí una ráfaga de alguien que estaba disparando desde una azotea contra las tanquetas. Iba una tanqueta adelante, el carro donde nos llevaban a nosotros, y otra tanqueta atrás. Yo solo vi que el tipo se me tiró encima y solo oí dos detonaciones de la tanqueta y no oímos ningún otro disparo más. Seguimos hasta que llegamos al aeropuerto de Paitilla. Ahí esperamos también un rato como dos horas. Ellos me decían "ya viene el helicóptero, ya viene el helicóptero, entonces nos transportaron al hospital Gorgas. Yo perdí todo lo que es tendones extensores de la mano. Sí los puedo mover, pero no puedo levantar la mano."

El ejército trató de encubrir su criminal negligencia en este caso con argumentos absurdos, como narra Barahona: "Este es un caso que está investigado y está comprobado que ellos cometieron su falta y que fue un error de ellos. A través de la oficina de investigación criminal del army, ahí nuestro contacto era un señor que nos atendió, apellido Urriola. Incluso él me llamó a declarar allá después que se enteró que yo estaba vivo, porque en el informe que dieron los norteamericanos esa noche, todos estábamos muertos, menos la señora Berta. Y yo me presenté allá para decirles que no estaba muerto y aclararles ciertas cosas. En el informe que dieron ellos, alegan que la gente que nos detuvo sí llamaron al retén, pero que había un jeep, un hummer, que tenía el radio apagado. El jeep andaba buscando un carro que le habían informado que llevaba armas. Entonces, al momento en que nuestro carro pasó, el jeep, como tenía el radio apagado, no oyó la comunicación de que nosotros llevábamos un caso de emergencia y abrieron fuego contra nosotros. Los otros soldados al oír la ráfaga se pusieron nerviosos; como eran en su mayoría pelaos de 18 a 21 años, traían una mentalidad de que esto era otro vietnam,y abrieron fuego contra nosotros."9

CITAS

1. Entrevista al Dr. Edmundo López, Panamá, enero de 1990.

2. Entrevista a Benjamín Colamarco, cárcel Modelo, Panamá, 6 de mayo.

3. Entrevista a Benjamín Colamarco, cárcel Modelo, Panamá, 6 de Mayo.

4. Entrevista al Dr. Edmundo López, Ibid.

5. Testimonio de 2 médicos anónimos, de servicio en el hospital Santo Tomás el día de la Invasión; Caso #9 ante el CONADEHUPA; Panamá: 1990.

6. Testimonio anónimo de un médico del hospital Psiquiátrico, de servicio en el cuarto de urgencia del hospital Santo Tomás durante la invasión. Caso #10, ante la CONADEHUPA; Panamá: 1990.

7. Entrevista al Dr, Edmundo López, Ibid.

8. Carta de Gilberto Arosemena Estripeaut al consejo editorial del diario La Prensa, 13 de septiembre de 1990.

9. Entrevista a la familia Perea-Poveda y al sr. Carlos Barahona, Panamá, junio de 1992.