La Invasión: aún arde en la memoria

(Por Manuel Orestes Nieto)


Al cumplirse 25 años de la invasión a Panamá, el gobierno nacional instruyó oficialmente un programa de actos para honrar la fecha, a los caídos y “reconciliar al país” o “cerrar las heridas”. 

Entre los eventos, el presidente Juan Carlos Varela encabezó la romería en el Jardín de Paz el  20 de diciembre y puso flores en las tumbas de los asesinados y de los encontrados en la única fosa común que se ha podido abrir en un cuarto de siglo.  Se anunció la creación de una Comisión que presidirá la Vicepresidenta Isabel De Saint Malo de Alvarado, para atender asuntos relativos a la invasión. Se comprende que son pasos que debe dar la nación panameña para fijar -en su justa dimensión histórica y sin hoyos negros- los sucesos de la invasión a Panamá y sus estragos.

La noche del 20 de diciembre de 1989 comenzó el charco de sangre, el más devastador crimen que le ha tocado vivir y morir con saña a nuestro pueblo.  La muerte artera entró a Panamá en la nocturnidad, desde el aire y desde dentro de la tierra entonces ocupada -en las riberas del Canal- por el ejército de los Estados Unidos.   

Después de esos días nunca más fuimos los mismos, aunque no lo sepamos del todo aún; aunque hayamos quedado atrapados en el pavor del impacto que nos produjo la invasión, en el silencio vergonzoso y ocultarnos a nosotros mismos los daños, las heridas e incluso hasta asumir una especie de amnesia colectiva.

La vejación a la patria es una página que no se puede pasar. 25 años después es ya demasiado tiempo; al país se le debe una respuesta a la severa y amarga pregunta que sigue en pie y que es un reproche para el invasor y, quizás, más terrible para nosotros los panameños: ¿Cuántos murieron en la invasión a Panamá?  Los cadáveres volatilizados no se podrán recuperar, pero sí los que fueron tirados a fosas comunes. ¿Cuántos son, quiénes son y dónde están?  Los asesinados no pueden quedar en la bruma y el olvido.

Desde esos terribles días de diciembre de 1989 sabemos que hay fosas comunes diseminadas en la tierra patria, que algunos fueron lanzados al mar, compatriotas que fueron sacados en aviones aborrecibles y llevados a un país de América Central; también hay fosas en áreas revertidas; testimonios de que cerca de Corte Culebra hay un enterramiento enorme e igualmente a orillas del mar, al fondo del Chorrillo, bajo concreto, cerca de la Cinta Costera; y así, en otros lugares de la tierra panameña.  Esas fosas no se han abierto; en los años noventa se señalaban lugares precisos y luego vino el silencio que se tragó la información. Los  masacrados están esperando aún con sus osamentas quebradas. Los destrozados y escondidos como basura de la guerra, nos enrostran que los borramos de nuestras vidas y nos hicimos los olvidadizos.  Nos reclaman que no hemos tenido el coraje suficiente para esclarecer la verdad sobre esta masacre, la más espantosa y trágica de nuestra historia. 

La invasión es aún una llaga abierta que arde aún en la memoria. Por ello, reitero nuevamente: ¿Cuántos fueron los asesinados durante esa ocupación general del país, fulminante y cruel? ¿Por qué las cifras no son las cifras reales de los que mataron y todo se ha quedado hasta ahora así? 

Esos compatriotas nos piden que lo saquemos de allí; sus familias han rumiado calladas el hueco de esta pérdida. Año tras año hemos mirado para el otro lado.. déjalo así… tranquilo…no hagas olas, no preguntes mucho, no escarbes ni te metas a revolver este asunto... fueron los gringos.. pero ya deja eso en paz, no van a resucitar… ya deja eso…  Pues, creo que no, que así no es.  Es infame que se le imponga a Panamá una página de deshonra y cargar con ese menosprecio, esa irreverencia cómplice de dejar atrás a sus hijos muertos sin explicación. 

A este gesto oficial deben seguirle acciones comprometidas y diligentes para  esclarecer la verdad de aquella barbarie que nos maltrató. Es irrenunciable que se recabe la información, se recupere la que ha desaparecido, se encuentren y se abran todas las fosas donde están cientos y cientos de compatriotas acribillados esperando.

A ellos les debemos la responsabilidad que por años hemos esquivado: encontrarlos a como de lugar y entregarlos a sus familiares; superar este insostenible olvido envuelto en sangre vidriada.  La nación tiene el derecho histórico de acogerlos  en la memoria colectiva, en nuestro memorial patriótico, inscribirlos en nuestra historia de mártires y héroes. Son vidas panameñas que cegó una invasión salvaje y avasalladora y que no pueden quedarse -como algo que nunca sucedió- en el limbo de nuestra historia. 

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